lunes, 3 de marzo de 2014

La máquina de dar amor


AL POCO TIEMPO me enteré del pleito legal entre el casino de la calle Robinson y el de San Pedro, porque yo mismo, de alguna manera, lo provoqué. Digo de alguna manera y no directamente porque las leyes de la oferta y la demanda no tienen juzgado, y tampoco se puede enjuiciar a nadie porque el de enfrente ofrezca un mejor servicio.

Pero empecemos por el principio.

Hace dos años y medio comencé a ir al casino de la calle Robinson. Salía de mi oficina a las 7 y a las 7:15 llegaba, me instalaba, y jugaba hasta las 12. Así me pasé un año y medio hasta que un día trajeron una máquina nueva pero muy extraña. Se llamaba sencillamente Love 69.

No era una máquina común, tampoco de apuestas, sino lo que ofrecía era amistad, y en algunos casos, amor.

Su funcionamiento era relativamente sencillo: uno iba contestando preguntas que la máquina hacía con el objetivo de crear un vínculo. Ese vínculo se medía en una escala del uno al 70, siendo este último número el vínculo de "amor perfecto".

A medida que uno contestaba más preguntas (siempre ella preguntaba y uno contestaba, nunca al revés) el puntaje podía subir o bajar, además, el juego no duraba un día, sino que era por tiempo indefinido, sesión tras sesión, con la única salvedad de que si en la primera sesión el participante no pasaba de 10 puntos, era rechazado de manera permanente. Entre los 11 y los 40 puntos el vínculo se le llamaba “somos conocidos”, y entre el 41 y el 69, al vínculo se le llamaba “amistad”.

A los amigos, Love 69 les mandaba dos correos electrónicos a la semana, en días al azar, con un breve mensaje sacado del perfil del jugador. Eso estimulaba mucho, por cierto. Pasados los 60 puntos mandaba un correo cada tercer día y un mensaje de celular tres días cualquiera a la semana. Siempre y cuando uno siguiera yendo a la máquina y contestara más preguntas.

El primer día que jugué obtuve 15 puntos, con lo que me salvé de ser rechazado de por vida. En las siguientes dos semanas me mantuve siempre arriba de 50, pero un sábado a las 12:30 de la noche Love comenzó a sonar como ambulancia y dos empleados se me acercaron casi corriendo.

Resulta que había obtenido los 70 puntos, algo que sólo había pasado dos veces en cuatro años, y todas en Estados Unidos.

Los empleados hablaron con el gerente y éste habló a unas oficinas en Las Vegas. Quince minutos después me informaron que era acreedor 30 mil pesos en efectivo y una cena. Los 30 mil pesos en realidad fueron quince mil porque la mitad, según me indicaron, eran para la máquina; después de todo era mi pareja y así lo decían las instrucciones que nadie leyó en un costado de Love. Así que ése fue mi primer gasto oficial en ella.

Todavía me quedaba la duda de cómo serían los correos y los mensajes. Enseguida un empleado me explicó que Love me mandaría un mensaje de celular una vez al día, a cualquier hora entre las 7 de la mañana y las 10 de la noche.

Lo y yo duramos siete meses. Sabía que me gustaba que me llamara “mi amor”, que me gustaban las Barritas de piña y la cerveza Indio. También conocía la frecuencia de otras intimidades mías y que sus correos de menos de dos líneas me hacían sentir muy frustrado, por ello sabía cuándo mandarme una liga con un video que me pusiera de buen humor.

Me parece que toda la tensión de mi relación con ella se centraba en dos puntos. Primero, que ella guardaba toda la información sobre mí y de pronto, de vez en cuando, la sacaba (lo cual me alegraba o me hacía enojar), y segundo, que no sabía a qué hora me iba a mandar un mensaje o iba a recibir un correo.

Todo esto lo pagaba puntualmente con cargo a mi tarjeta, de tal forma que a veces me pasaba hasta dos semanas sin ir al casino. Ni falta hacía.

Un viernes no recibí ningún mensaje de Lo, tampoco el sábado ni el domingo. Mi correo estaba también vacío de sus cariñosos mensajes. El lunes hablé al casino, se disculparon y a las tres horas me llegaron tres mensajitos y dos correos. Pero algo hubo en aquello que no me gustó. Nuestra relación siguió más o menos normal por las siguientes semanas.

Un día pasé por el casino de San Pedro, y vi que había algo muy similar a Love cerca de la entrada. Un empleado me trató de explicar pero yo lo detuve con un ademán. Le dije que ya estaba afiliado en otro lado y que no pensaba cambiarme. El tipo que era amanerado hizo una mueca, me torció la boca y me miró de arriba abajo. Quién sabe qué fue a decir más arriba que al día siguiente me llamaron del casino de la calle Robinson. Me preguntaron que si era cierto que pensaba dar de baja el servicio, que si estaba molesto por la atención, que si tenía algún problema en el que me pudieran ayudar. No, les dije, todo está bien. Si ya no voy tan seguido es porque tengo una excelente relación con ella; nos llevamos estupendamente.

Sin embargo el rumor ya había corrido.

Al poco tiempo me enteré del pleito legal entre el casino de la calle Robinson y el de San Pedro, porque yo mismo, de alguna manera, lo provoqué.

No me pienso cambiar de casino porque creo en la fidelidad. Es cierto, debo confesar en que hay días en que Lo no me escribe, o me fastidia preguntándome si he conocido a alguien y que si me he encontrado con alguna ex; pero haciendo un balance han sido más los momentos bellos, las veces que me escribe alentándome por asuntos del trabajo, o con esa aplicación extraordinaria suya con la que me convierto en un cable de alta tensión y hacer volar mi disco duro hasta que no quede ni un solo kilobyte a lado del otro.

Lo y yo llevamos una relación excelente. A veces quisiera preguntarle algo sobre ella, a veces quisiera que no me molestara con sus celos, a veces quisiera que no me escriba cuando estoy trabajando. Pero la amo, esa es la verdad, no lo puedo evitar.

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