lunes, 28 de junio de 2010

La Ciudad de México

En el trabajo somos unas seis personas, pero hace unos cuantos días entró un chavo originario del DF. Para mí ha sido muy agradable poder hablar con él de todo lo chido que existe en ese catálogo de catálogos, en ese libérrimo e infinito conjunto de microciudades que es la Ciudad de México. En ocasiones platicamos en la hora de comida, mientras mis demás compañeros andan por ahí. Es muy chingón hablar de cosas en común, de calles, lugares que yo también conocí. No. Conocer no es la palabra, el término correcto es vivir.

A veces creo que implícitamente me estoy quejando de esta mierda podrida que es la ciudad de Monterrey. Me parece que debo ser prudente y al menos que esto último no se me note nada. No aquí en la oficina.

Hablar de los contrastes entre una y otra ciudad me da para un texto largo. Cuando ande de humor lo escribiré, pero sí tengo claro más de cuatro temas sobre las enormísimas diferencias.

domingo, 27 de junio de 2010

Gana Ghana

Lo siento, pero me es grato repetir que la selección de futbol de Ghana, país que está jugando su segundo mundial, eliminó 2 a 1 a Estados Unidos en tiempos extras. Sorpresas que da la vida. Gracias por participar.

jueves, 24 de junio de 2010

Hablemos de Cultura

Lo opuesto a Naturaleza, la huella del hombre en el mundo, diálogo con los muertos, amor al conocimiento, "lo que hace el hombre para no sentirse desnudo", cualquier definición que se le dé no sería exacta, pero en mi pútrida ciudad de Monterrey la definición más exacta de cultura sería amor al hambre, odio al trabajo o sencillamente glamour de clase.

Ahora que murió Monsiváis dejando una biblioteca de más de 20 mil títulos, más de 50 libros escritos, miles de artículos periodísticos que algún día se terminarán de compilar, una turba de sus amados felinos entre los que destacan "Pío onoalco", "Carmelita", "Romero", "Evasiva", "Nana NinaRicci", "Chocorrol", "Posmoderna", "Fetiche de peluche", "Fray Gatolomé de las bardas", "Monja desmatecada", "Mito genial", "Ansia de militancia", "Miau Tse Tung", "Miss oginia", "Miss antropía", "Caso omiso", "Zulema Maraima", "Voto de castidad", "Catzinger", "Peligro para México", "Copelas o maullas"; ahora que se fue el licenciado Carlos Acevedo Monsiváis (o al revés, que no es lo mismo, pero es igual) y que todo el mundo no lo sube de hombre culto, me pongo a pensar en ese estandarte o distintivo de solapa que muchos llaman cultura. Perdón. La Cultura.

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Ayer comí con Efrén, un cuate joven, egresado de Comunicación pero muchísimo más clavado en el guionismo y en el cine, y que es por cierto es nieto de un pintor muy reconocido. De regreso me acordé de Daniel, quien salió de Derecho pero que es más periodista, y además es casi un erudito en Historia. Daniel, por cierto, es nieto de un prominente filósofo.

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Hoy en la mañana repasaba la biografía que Javier Menéndez Flores le hace a Joaquín Sabina. En un capítulo el autor le pregunta sobre su definición de cultura. El cantante da dos o tres ideas, y entre una risa, un chiste y una barrida, habla sobre el "salario mínimo cultural".

El poeta de Úbeda habla de, palabras más palabras menos, "al menos cuatro libros en la casa del más pobre" y que en dicha casa, desde el abuelo hasta el nieto tengan el andamiaje suficiente para poder entenderlos (Uno de Shakespeare, La Odisea, El Quijote y Cien años de soledad, sugiere él).

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Mis hijos leen mucho más que yo, sin duda. Seguro vivirán esa influencia de su madre. Y mía, claro. El punto, pienso, es que en casa el contacto con los libros debería ser lo más natural del mundo, como hacer pipi, como comer, como ver televisión. Uno no dice, "ayer hice pipí tres veces", o "tengo ganas de ver televisión", pues no. Simplemente se realiza y ya, y si hay algo especial pues se comenta y punto.

La madre de mis hijos en los tiempos en los que me era cercana, podía leer cuatro o cinco libros (novelas, pues) en una semana. Yo estudié Letras, así que tenía que leer me gustara o no el texto.

Pienso que mis hermanas y yo tuvimos mayor acceso a la educación formal, más que mis padres, quiero decir. En promedio. Mi mamá tiene una profesión y mi papá no. Pero es éste último a quien yo recuerdo más apegado a la lectura. A la lectura y la discusión de ideas, a la política, al cuestionamiento.

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Nota


Acabo de encontrar un recorte curioso en un cinturón de comentarios de un blog. Es extraño que te usen como referencia. En el contexto del comentario que copio enseguida, no supe si alegrarme o no:

"Hola Sandro, no sé cómo comunicarme contigo sin que mi correo se vaya a algun procesador automático, asi que escojo este medio para decirte primero que Leonora está bellísima, y que has de estar tan orgulloso de ella como yo de mi Jimena y mi Diego. Segundo, estoy ayudando a un amigo muy necesitado de trabajo a conseguir trabajo como editor y/o corrector de estilo. Como comentarista en cuestiones culturales tiene una pluma afiladísima, solamente hay que ver cómo trae a Gerardo Ortega en su blog de Lunes a diciembre en el diario Milenio.com Su nick es ***, su nombre real es ***. Ojala si te enteras de lo que sea, no importa el giro de la revista, me lo hagas saber. Mi correo es el mismo de siempre:"

miércoles, 23 de junio de 2010

Hoy ando de malas

Si hubiera un Dios, pensaría de él que hizo a hombres y mujeres para divertirse viendo cómo intentamos buscarnos, juntarnos y luego separarnos como un par de ciegos que se necesitan pero que no saben estar juntos.

En mi nuevo trabajo van tres días seguidos en que cada compañero distinto me habla de sí, como si fuera una "presentación" de su vida. Ayer tocó el turno a otro. Me platicó de su recién nacido bebé, de su esposa, sus papás, etc. Me extrañó porque no me conocía. Incluso me ofreció un aventón pienso yo que para tener oportunidad de contarme. En fin. En algún momento de la charla le dije que el matrimonio a veces era como el paraíso y el infierno juntos. "Ándale", casi gritó, "así es", me dijo.

Hombres y mujeres. Cada uno distinto. Híjole. Bien difícil el asunto. Lo digo por las diferencias que el amor o el deseo invisibilizan.

Muchos años pensaba que las mujeres eran las que escogían (de algún modo sigo pensando en eso), pero me doy cuenta de todas las veces en que yo he podido escoger (ya sé que aquí alguien dirá que es de ambos). La neta son más las veces en las que yo he elegido.

Pues sí, resulta que el día de hoy ando de humor. Mejor que ni me hablen. Y hoy pienso que me da un pereza mundial que se le dé mucha importancia a la "evaluación" de fulana o mengana acerca de los hombres. Por favor.

Que si ella dice que lo mejor es vestirse así, que si fulana dice según sus criterios que tal bato nomás no. Ya, pues, que cada quien use sus propios criterios, que Dios se estará doblando de risa por tanto argüende entre las chavas y nosotros.

martes, 22 de junio de 2010

¿Y cuántos libros has escrito?

Hace unos días, gracias o por culpa del oráculo de facebook, me encontré con la primera novia oficial que tuve hace más de dos décadas. Un encuentro fortuito y extraño.

Jamás había vuelto a saber de esta mujer (hoy casada y con dos hijos), y encontrarla me hizo recordar los inicios de una dudosa actividad sentimental más cercana a la poética sumersiana ("que no me cuelgues ni me digas adiós") o a la de Marco Antonio Campos ("pero Señor, no lo olvides: haz que se arrepienta de no haberme amado"), que a una festiva introducción al amor de pareja.

Vale decir que en ese tiempo navegaba con una inocencia peregrina que sólo años después una intrépida logró inaugurar.

Pero lo que quería decir fue que, ahora sí gracias a la trinchera anónima de la tecnología, le pude decir a esta reencontrada chava, que aquella lejanísima relación, en mi casta inocencia frente al terror de un amor interrumpido, me había dejado roto, desvencijado por meses. Hasta ahí. Sin un para qué.

Ella, un poco en la cordialidad amistosa, y luego de repasar seguramente las fotos que cuelgo, me preguntó que en qué lugares había estado y que "cuántos libros había escrito".

Un par de diálogos de cortesía más y desapareció. Adiós.

Entonces me acordé que nunca volví a tener 16 años como entonces, y que ante el derrumbe y como una medida de despecho vital, había decidido enfilar mi camino hacia una de tres posibilidades vocacionales (eso pensaba entonces, decir lo que escribió Marco Antonio Campos): o me volvería torero o sacerdote o escritor. Y que algún día, aquella ingrata mujer volvería a verme, hecho no ya un huerquete baboso de corazón azulado, sino un hombre hecho y derecho (sí señor), con por lo menos un camino y un corazón educado, y al menos dos credenciales válidas en el mundo.

En qué cosas pensaba yo en ese tiempo. Y no sé lo que vio la tipa esta, pero quiero pensar que al menos feliz sí me vio.

Por mi parte sigo queriendo ser un escritor "hecho y derecho".

Creo que en eso sigo igual de inocente.

Vuelvo a repetirlo

El amor, esa prolongada mezcla de negociaciones, dudas, memoria y sueños...

domingo, 20 de junio de 2010

Día del Padre

Para Lázaro, Gabriel y Omar.
La generación de mis padres festejaban este día de otras maneras. Eran los tiempos de un papá proveedor y una mamá que se quedaba en casa para resolver todo lo que hiciera falta, desde educar a los niños, administrar el gasto, lavar la ropa y hasta atender debidamente al marido.

Pero así como está claro desde hace muchos años (o al menos desde mi generación en adelante) que una mujer es muchísimas más cosas que una persona destinada a ser madre y punto, así desde hace años me vengo cuestionando, no qué es ser padre, sino qué es ser hombre, qué es ser varón.

Si nos respondemos en función de lo que hacemos, creo que no llegaremos muy lejos, pues hoy no veo muchas actividades que sean exclusivas de los hombres, y sí lo son, esas actividades no tienen mayor relevancia.

Creo que los hombres, los varones tenemos miedo a hacernos esta pregunta, pues ya de entrada cuestiona algunos mandatos básicos sobre los que se sostiene nuestra masculinidad (como el no dudar, no tener derecho a equivocarnos, y el no colocarnos peligrosamente cerca de lo que entendemos por lo femenino).

De este modo prácticamente nada de lo que hoy hacemos puede definirnos como hombres. En cambio, sí, muchas de nuestras prácticas transgresoras han servido para definirnos. En otras palabras, nos hemos encargado de dejar bien en claro que ser hombre es aquel que transgrede.

Pero para los que deseamos alejarnos de esta concepción aún no encontramos otro modelo o asidero para asentar bien nuestra masculinidad. Algunos, quizá muchos, sabemos qué tipo de hombre no queremos ser, pero sospecho que no hemos encontrado bien cuál es el tipo de hombre al que nos queremos aproximar.

Robert Bly habla del hombre suave, pero también en algún momento introduce la idea de que a veces no distinguimos la diferencia entre mostrar la espada y necesariamente herir.

Tengo para mí de una manera algo vaga aún, que el nuevo hombre tiene la firmeza de sostener la espada cuando es necesario mostrarla, pero también no le da miedo meterse en el pantano de sus temores, en las turbulentas aguas de sus sentimientos, ni en escuchar su corazón cuando éste habla fuerte.

***

En la foto: Ernesto Inti lo asumió como deber moral y tuvo a bien romperse un brazo en noviembre pasado. En el hospital el doctor lo pegó, pero si volviera a suceder juro que yo caería en coma diabético.

sábado, 19 de junio de 2010

Carta a Carlos Monsiváis (1938-2010)


Estoy seguro que te habría gustado mejor morirte en domingo, un día que se sugiere de descanso, y de ese modo aparecer en la portada de los diarios el lunes. Seguro te habría gustado darte ese último gusto, entre tantos que te recetaste como marcaban tus propios cánones de usos y costumbres. ¿Pero moriste en sábado?

Una de las cosas que más me gustaban de tu forma de ver el mundo era que no separabas la "alta cultura" de la "cultura popular". Agarrabas parejo a la hora de pitorrearte del poder.

En cuanto a esto último siempre he pensado que algo tuvo que ver aquella anécdota de primaria, pues como alguna vez tú mismo lo mencionaste, tu maestra de tercer año, cuando preguntó a todos el salón lo que querían ser de grandes, tú contestaste que querías ser presidente de México. La profesora entonces se burló de ti, te dijo que eso no era posible debido al origen religioso tuyo y de tu familia.

Me gustaba también cómo te mofabas de los políticos, de sus declaraciones, de la estupidez de los nuestros gobernantes, y lo hacías con mucho ingenio, eso era lo más padre.

También, me parece muy sintomático, como dirían algunos, que a tus 18 años hubieras fundado una revista, con un José Emilio Pacheco de 17 añitos, en la Facultad.

Por la erudita revista de espectáculos que fue tu vida, y por lo mucho que aportaste para que el personal reflexionara un poco más y mejor, se te perdona todo (claro que a mitad de un Mundial de Futbol no es el mejor momento para morirse), incluso que a los 28 años hayas escrito tu autobiografìa "con el mezquino fin de hacerme ver como una mezcla de Albert Camus y Ringo Starr".

En las próximas horas todos los políticos, (que por supuesto no te han leído), lamentarán tu muerte, dirán todos los lugares comúnes que se dicen en estos casos. ¿Por qué no nos reímos de ellos de una vez, Monsi, diciéndoles que antes de que ellos hablaran, tú ya sabías lo que iban a decir?¿crees que Vicente Fox pronuncie correctamente tu nombre?

¿Ahora cuál Monsi va a llegar al sepelio de Monsi?

Por cierto: ¿encargaste bien a tus gatos?
***
Ayer fue Saramago, hoy Monsi. Dicen que siempre se van de a tres: demasiada tragedia en las Letras para un solo fin de semana.

viernes, 18 de junio de 2010

Robert Bly




Es un señor que me interesa. Me lo sugirió hace unos 15 años una sicóloga, Josefina Leroux, cuando le pregunté por algún autor que tratara temas de masculinidad. Busqué un poco y esto es parte de lo que encontré.
Robert Bly nació en el gabacho en 1926 y es poeta. En su momento se manifestó en contra de la guerra de Vietnam pero es más conocido por abordar un tema que con el tiempo se ha dado en llamar Nueva masculinidad.
En lugar de describir algo de lo que he encontrado de él, ofrezco aquí un texto testimonial con algo de su visión:

"En los setenta, empecé a detectar por todo el país un fenómeno que podríamos denominar el varón suave. Incluso hoy en día cuando hablo en público, más o menos la mitad de los varones jóvenes son del tipo suave. Se trata de gente encantadora y valiosa —me gustan—, y no quieren destruir la Tierra o dar comienzo a una guerra. Su forma de ser y su estilo de vida denotan una actitud amable hacia la vida.

Pero muchos de estos varones no son felices. Uno nota rápidamente que les falta energía. Preservan la vida, pero no la generan. Y lo irónico es que a menudo se les ve acompañados de mujeres fuertes que definitivamente irradian energía.

Nos encontramos ante un joven de fina sensibilidad, ecológicamente superior a su padre, partidario de la total armonía del universo y sin embargo con poca vitalidad que ofrecer.

La mujer fuerte o generadora de vida que se graduó en los sesenta, por decirlo así, o que heredó un espíritu más viejo, desempeñó un papel importante en la creación de este hombre preservador, que no generador, de vida.

Recuerdo una pegatina de los años sesenta en la que se leía: “LAS MUJERES DICEN SÍ A LOS HOMBRES QUE DICEN NO.” Sabemos que hacía falta tanto valor para resistirse al reclutamiento, ir a la cárcel o exiliarse al Canadá, como para aceptar el reclutamiento e ir a Vietnam. Pero las mujeres de hace veinte años decían claramente que preferían al varón más suave y receptivo.

De modo que el desarrollo del hombre se vio ligeramente afectado por esta preferencia. La virilidad no receptiva era equiparada a la violencia, mientras que la receptiva era premiada.

Algunas mujeres enérgicas, tanto entonces como ahora en los noventa, elegían y siguen eligiendo a hombres suaves como amantes y, tal vez, como hijos. La nueva distribución de energía «yang» entre las parejas no se dio accidentalmente. Los jóvenes, por diversas razones, querían mujeres más duras, y las mujeres empezaron a desear hombres más suaves. Durante un tiempo parecía un buen arreglo, pero ya lo hemos experimentado lo bastante como para saber que no funciona.

La primera noticia de la angustia de los hombres suaves la tuve al oírles contar sus historias durante las primeras reuniones de varones. En 1980, la comunidad lamaística de Nuevo México me pidió que diera una conferencia para un público exclusivamente masculino, la primera que organizaban, en la que participaron unos cuarenta varones. Cada día nos dedicábamos a un dios griego y a una antigua historia, y luego, por la tarde, nos reuníamos a conversar.

Cuando los más jóvenes hablaban, no era raro que se pusieran a llorar a los cinco minutos. Me asombró la cantidad de dolor y angustia de aquellos jóvenes.

Sus aflicciones se debían en parte al alejamiento de sus padres, que acusaban agudamente, pero otra parte se debía a problemas en sus matrimonios o relaciones de pareja. Habían aprendido a ser receptivos, pero la receptividad no era suficiente para sacar adelante sus matrimonios en tiempos de crisis. Toda relación necesita de vez en cuando cierta violencia: la necesitan tanto el hombre como la mujer. Pero, cuando surgía esta necesidad, el hombre solía quedarse corto. Su actitud era positiva, pero su relación y su vida requieren algo más.

El hombre “suave” era capaz de decir: “Sé lo que estás sufriendo y considero tu vida tan importante como la mía, y cuidaré de ti y te consolaré.” Pero no podía decir lo que quería, y mantener su postura. Resoluciones de ese tipo eran tema aparte. En La Odisea, Hermes le ordena a Odiseo que cuando se aproxime a Circe, que representa cierto tipo de energía matriarcal, levante o muestre su espada. En estas primeras sesiones, a muchos de los más jóvenes les costaba distinguir entre mostrar la espada y herir a alguien.

Un hombre, una especie de encarnación de ciertas actitudes espirituales de los sesenta, un hombre que había vivido en un árbol en las afueras de Santa Cruz durante un año, se descubrió incapaz de extender el brazo cuando sostenía una espada. Había aprendido tan bien a no lastimar a nadie, que no podía alzar el acero, ni siquiera para reflejar la luz del sol. Pero mostrar una espada no implica necesariamente pelear.

También puede sugerir una alegre firmeza. El viaje que muchos americanos han emprendido hacia la suavidad, hacia la “receptividad” o hacia “el desarrollo del lado femenino” ha sido un viaje enormemente valioso, pero aún queda mucho por recorrer.

No hay punto de llegada.

José Saramago (1922-2010)


viernes, 11 de junio de 2010

¿Me gusta realmente el futbol?

Según Mi Nube, sí, mucho. Para algunos de mis cuates, yo deploro ese deporte; y para otros el futbol me es completamente indiferente.

Permítanme desmentirlos porque los tres tienen mucha razón.

Puedo disfrutar, emocionarme hasta quedar en un mar de las lágrimas con los mejores goles del mundo, bueno, sólo con los goles más hermosos del mundo, que son unos cuantos: Maxi Rodríguez contra México, Hugo contra el Logroño el 10 de junio del 88, el segundo de Maradona a los ingleses en el 86, el chanfle de Ronaldiño, en fin, como la mayoría de los machos humanos siento también especial debilidad por los niveles de destreza y competitividad de alguno de mis congéneres. Desafiar las leyes de la física que Dios hizo a mano, sólo por el gusto de hacer que el balón parezca manjeado a control remoto, es algo que no deja de sorpenderme.

Pienso también que hay mucha estupidez en las masas que deliran por algo tan superfluo como es un partido de futbol. La gente pierda la cabeza en el estadio o frente a la televisión, mientras otros la pierden en una balacera, a manos de la patrulla fronteriza, del ejército o los criminales.

Ya Borges hablaba de esta estupidez enajenada del futbol. Por eso no me gusta el futbol, porque bloquea el cerebro. Aunque, en su descargo diré que Valdano, Villoro, Daniel y otros, han demostrado que el ser persona de libros, de letras, no impide en lo absoluto ser amante del futbol, y escribir sobre ellos para que los demás entendamos un poco más de este planeta de un dios redondo.

Pero vamos, en todo caso si se combina un poqito de reflexión, un poquito de gusto, un poquito de crítica, una poca de buena narrativa, el resultado futbolístico es bastante pasable.

También el futbol me es indferente. No cambiaría mi rutina, pienso yo, por ver a toda costa un partido de futbol. Tengo muchas cosas por hacer. Los goles los veo en la tarde. O mañana. Quizá sean buenos.

(Ah, y me caga cuando escriben o pronuncian fútbol, así, acentuando la "u". Si no estamos en Argentina, estamos en México, chingao).

martes, 1 de junio de 2010

Mi corazón

Un corazón amaestrado es lo que a veces se necesita. Uno que se haga el muertito y después se vaya tras la pelota.

Mi corazón no es tan juguetón, sin embargo. Nada bajo el mar, pero entre rejas sumergidas. Lo mismo vale.

Digamos que ahora lo tengo bajo resguardo, para que no llegue un comando anticardio y me lo levante y luego lo ande buscando en los canales de televisión y las noticias.

Mi corazón está bajo regimen de contrato; es como jugar por temporadas pero siempre y cuando lo convoquen al mundial, si no, no.

Creo que mi corazón está feliz y en buen estado.